03 enero, 2009

"Para ser masón sólo hay que ser un buen demócrata"

ENTREVISTA: DESAYUNO CON... JORDI FARRERONS
RAFAEL FRAGUAS 03/01/2009

Habla quedamente y apenas cata la exhibición de zumos de pomelo, brioches y embutidos. Dice ser nacido en Lleida, en la comarca triguera de La Segarra, hijo de un panadero; hoy mide 1,82 de estatura, su mirada es directa y su aspecto, el de un ex jugador de baloncesto... Nadie diría que este hombre de 57 años, Jordi Farrerons, casado, padre de un hijo de 20 años, de profesión camarógrafo, fuera serenísimo gran maestro de la Gran Logia Simbólica Española, la rama de la masonería que se declara más liberal: unos 600 hermanos y hermanas distribuidos por toda España. Vive en un pueblito tranquilo llamado Centelles, cerca de Barcelona, urbe de donde tuvo que marchar "por el ruido".
A contramano de otros afectados en similares condiciones laborales, Farrerons no abomina del expediente de regulación de empleo (ERE) que le ha prejubilado al serle aplicado por Radiotelevisión Española, donde ha trabajado 30 años. "Para mí, ha sido una especie de regalo, ya que puedo dedicar mi tiempo a lo que realmente me gusta: leer, caminar, ver cine; cuando quiero relajarme, me pongo una película como Eva, de Josep Mankiewicz".

¿Qué hay que hacer para llegar a gran maestro masón? "Primero ser masón; luego, haber desempeñado cargos en talleres o logias y, por fin, resultar elegido con el voto directo de hermanos y hermanas", explica. ¿Cree que toda persona está capacitada para recorrer el mismo camino seguido por usted? "Sí. Las personas con un mínimo de preparación no necesitan ser ricas ni poderosos/as, basta con que se trate, tanto mujeres como hombres, de demócratas, de buenas costumbres, que no sean xenófobas, ni racistas y que no hayan hablado mal de la masonería. Con esto es suficiente para serlo". Su maestría, asegura, le ha ayudado a saber más de sí mismo: "Me ha transformado en una persona más tolerante y respetuosa con los demás y me ha permitido corregir mi impulsividad anterior".

Aparentemente, todo en Jordi Farrerons respira tranquilidad, mansedumbre. "Es que la masonería sirve para lograr la felicidad propia y la de los demás mediante un proceso de autoconstrucción", dice. En ese proceso, admite que no halló dificultades. "No las hubo, tuve la oportunidad de conocer a un grupo de masones en Barcelona, su sede, sus planteamientos de tolerancia y su antidogmatismo y supe que eso era lo mío". Hablando de dogmas, ¿no es la discreción un dogma para los masones? "Toda organización, toda persona, conserva para su intimidad determinadas cosas y la masonería no se distingue en esto de ellas". A la pregunta de ¿para qué sirve la masonería? Jordi Farrerons no lo duda un segundo: "Es una escuela para formar seres libres; aunque cuesta mucho, no hay que tener miedo a la libertad, los hermanos y hermanas te ayudan a ser libre".

Hay cuatro palabras en los frontis de algunas logias: saber, poder, atreverse o callar. ¿Cuál elige para definir la actitud de los masones en la España de hoy? "Atreverse", dice con una sonrisa. Su mirada, que por primera vez destella pasión, acompaña sus palabras; sólo entonces acomete el zumo de pomelo y un poquito de embutido, mientras el sol matinal se abre paso tras los cristales de la cafetería de un hotel de la carrera de San Jerónimo.

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